Mia Khalifa es una conocida estrella del cine porno del Líbano, como saben muchos aficionados al género, y es especialmente apasionada de las redes sociales.

El nombre de esta mujer, por la que suspiran millones de amantes espectrales, es uno de los más buscados en Internet, según el oráculo de Delfos que es Google.

Como era de esperar, el ISIS no ha tardado en amenazarla de muerte. Y eso a pesar de que los libaneses han dicho que no es musulmana. Debe ser por su condición de árabe. No se sabía que el ISIS también defendería la causa árabe del pudor.

Mia Khalifa se maquilla delante de un espejo

Para llamar la atención en la medida de lo posible, la joven Khalifa ha llevado un hiyab mientras practicaba sus actividades sexuales, ese pañuelo que es objeto de todo tipo de conjeturas, con el que muchas y muchos muestran su apego a la fe, su identificación cultural, o ambas cosas. Hay, lógicamente, muchos colores intermedios o mezclados, hasta convertirse en una masa difícil de describir con precisión el porqué del hiyab.

La «actriz» señala que se trata de una sátira, aunque no sabemos de qué, si de la hurí del imaginario salafista, o de ella misma, una chica que parece triunfar como árabe, y que rompe todos los tabúes ante el público liberal.

Lejos de lo que muchos consideran, y según el oráculo de los algoritmos, están las sociedades formadas por musulmanes de las que más porno se busca en la red. Pakistán, Egipto, Irán, Marruecos, Arabia Saudí y Turquía son los reyes del panteón de esta práctica universal, aunque en este caso chocan con preceptos claramente relacionados con el Islam, como es notorio.

Evidentemente, la pornografía va de la mano de un gran número de manifestaciones estéticas del mundo contemporáneo. El grueso de la industria está en Estados Unidos y Alemania, dos superpotencias económicas del mundo. Y mueve más dinero que la madre del cordero audiovisual, Hollywood.

Pero no todo es liberalismo en el mundo globalizado. En enero de 2011, Indonesia detuvo a la cantante de pop Nazril Irham tras protagonizar un vídeo porno. Los inversores extranjeros criticaron inmediatamente la decisión y supeditaron sus futuros negocios a una «mayor apertura».

Una advertencia bastante preocupante, como si el negocio fuera de la mano de la pornografía. Me pregunto si serían capaces de amenazar a China de esa manera, o ya lo han hecho, pero la advertencia no es pública.

En resumen, el ISIS económico amenazó a un gobierno corrupto que detuvo a un cantante por su afición al sexo publicado.

La realidad es que el uso de la pornografía es un arma de guerra. El abuso sexual, también. Ya lo vimos en Redacted, de Brian de Palma, sobre la invasión de Irak, y la violación de niñas por parte de unos marines aguerridos.

Ocurre allí donde el régimen económico de la usurpación de los recursos externos ha zarpado. Y lo hace con especial alegría sin que la ciudadanía globalizada esté debidamente informada sobre esta forma de explotación y humillación.

Arturo Barea nos cuenta que la antigua ciudad de Xauen pasó de ser un santo a un burdel de españoles y anglosajones. Los franceses rompían el hiyab de las argelinas, con el fin de castigarlas en público. Hay muchos ejemplos en la historia del despojo del hiyab a las mujeres musulmanas.

Sin embargo, el caso de Mia Khalifa es el contrario. Es una libanesa educada en Estados Unidos desde niña. Era una mujer sin hijab, sin rasgos internos ni externos que la identificaran como musulmana.

Se trata de una mujer que, lejos de quitarse el hiyab, para liberarse de la opresión, se lo pone en su lucha sexual. Y obtiene un premio muy útil que manifiesta la hipocresía global: el fenómeno de la identificación, que no es una ironía, sino un sarcasmo, al que acuden no pocos internautas de países donde hay un gran número de musulmanes, cuando teclean en su ordenador «porno con hijab» -un verdadero y despiadado oxímoron- afirmando un deseo que se da, que funciona, y que da enormes cantidades de dinero y genera dinero.

El bucle entre Mia Khalifa y el ISIS está perfectamente cerrado. Ambos ganan dinero con la explotación sexual. Una, de forma consciente. Las otras también. Y de qué manera. Cuando una aprieta, las otras reaccionan, y así sucesivamente, hasta que se decide centrarse en otras cosas. No se trata sólo de hacer caja, sino de interpretar y representar todas las despiadadas contradicciones en el gran espejo del mundo.

En resumen, os dejo con Mia Khalifa.

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